En sus cuadros, Quique Aparicio juega a buscar el equilibrio entre el color y las líneas, entre el claroscuro y la explosión de brillos. Hay siluetas difuminadas, edificios que parecen desvanecerse en bruma, motivos de claroscuro apenas iluminadas por un destello llegado del exterior de la escena. Quizá el talento del pintor esté en encontrar la fórmula que evite que los cuadros se parezcan los unos a los otros, en hacer que la historia que cuentan termine y empiece en cada lienzo.
Entre las influencias y las inquietudes comunes, que laten en el corazón de su trabajo, Enrique Aparicio ha querido ir más allá a la hora de enseñarnos su mundo, a veces desde la sinceridad más palpable, a veces desde un pudor antiguo. La vida cotidiana se mezcla con el paisaje campestre, con la escena de ventana, con la imagen costumbrista o la esquina callejera que puede evocar cualquier rincón hermoso de cualquier ciudad del mundo.
De entre todos los cuadros que componen esta muestra, permítanme que me quede con aquel que recrea un puesto de verduras, con su entoldado a rayas y las figuras humanas que son una llamada a la vida. Apenas perceptibles, dos hombres están evidentemente enfrascados en larga conversación. Y, se mire como se mire, estoy segura de que en ese preciso momento está comenzando una historia. Para eso sirve el arte: para estimular la imaginación, para aguijonear la inventiva, para recordarnos que detrás del telón continúa la trama de la obra. Felicito a Enrique por su trabajo y le animo a seguir adelante en el intrincado camino que ha elegido con la misma libertad con la que pinta.
Marta Rivera de la Cruz
Escritora